CUBILLO, HISTORIA DE UN REBELDE
Hoy hace 40 años que Juan Antonio González, un joven asturiano militante del FRAP, clavaba un puñal en la barriga de Antonio Cubillo, un independentista canario refugiado en Argel. Hoy quiero recordar a mi tío, a la figura del revolucionario político, y contar cómo viví yo a este singular personaje dentro de la apasionante aventura que fue producir y dirigir el documental Cubillo, historia de un crimen de Estado.
Existe una tendencia generalizada a valorar los acontecimientos o a las personas dentro de una dualidad maniquea. Las cosas “deben” ser negras o blancas, positivas o negativas. No se puede ser una cosa y su contraria a la vez, decía Aristóteles en su principio de contradicción. Sin embargo, existen muchas alternativas y es difícil juzgar lo que hace bueno o malo a un hombre y acertar.
En la década de los cincuenta, la sociedad canaria se encontraba sumergida en el franquismo y en un caciquismo como pocos en el Estado español. El nivel de pobreza de la mayoría era lo que ahora llamaríamos “tercer mundo” y los derechos de los individuos, como en casi todo el Estado, eran mínimos. La clase obrera estaba controlada por los patrones y la Falange a través del Sindicato Vertical. En este marco aparece la figura pública del joven Antonio Cubillo, el primer abogado laboralista del Estado español en tiempos de Franco. A finales de los años cincuenta fue tal su actividad defendiendo los derechos de los trabajadores que su vida y su libertad corrieron peligro. Ante el panorama, Cubillo, convertido ya en un héroe de la clase obrera, decide huir al exilio.De familia de clase media e hijo de una maestra, Cubillo se encuentra ahora fuera de su tierra y crea, amparado por el Gobierno de Argelia, el MPAIAC, que empieza siendo un movimiento por la autodeterminación de Canarias. En el otro lado de esta historia, la policía española, con la principal finalidad de lograr una partida económica del Estado para la lucha contra el terrorismo, se infiltra en el pequeño y mal organizado movimiento de Cubillo. Esa lucha parece repetirse cada año “sin éxito”, con presupuestos de ciento catorce millones de pesetas por año. Muchos movimientos revolucionarios eran infiltrados durante esa época, pero no siempre se desmantelaban cuando se tenía la oportunidad. En ocasiones primaban otros intereses.
Quince años después de su exilio, Cubillo sigue teniendo las simpatías de los canarios. El programa de radio La Voz de Canarias Libre emite desde Argel y arroja consignas que despiertan en las Islas, por primera vez, el sentimiento de patria canaria. Mientras en España continúa la sombra del franquismo, Cubillo y su movimiento lidian una carrera diplomática alrededor de África. Las habilidades políticas de Antonio son la envidia de muchos otros movimientos, y la ONU, Rusia y los Países No Alineados se interesan ya por el MPAIAC y su causa.En los setenta, la Guerra Fría no bregaba sus batallas “cara a cara”, y cuando Argelia y la Organización de Estados Africanos entran en el juego, todo se radicaliza. Ya no son los intereses de los canarios, los de Cubillo y los de Franco los que compiten. En este punto, y en pocas palabras, se genera un tablero donde alemanes, estadounidenses, rusos, españoles y argelinos tiran de la posición de Cubillo en este entramado estratégico por las Islas Canarias, un territorio estratégico que conecta África, Europa y América.
La historia es ya conocida y mucho más amplia y compleja de lo que cuentan estos escuetos párrafos. Quien no la conozca puede entrar en lagavetaproducciones.com y ver de forma gratuita Cubillo, historia de un crimen de Estado, documental que finalicé en 2013 y que puse hace algunos años gratis en internet para que cualquiera pueda conocer este episodio de la historia internacional de Canarias. Un thriller de espías.
Cuando empecé a dirigir esta película tenía 26 años. Tras mucho esfuerzo para empezar la producción, me vi a mí mismo entrevistando a sicarios del Estado español, exministros de dudosa reputación, antiguos asesores personales del presidente Suárez, espías, etarras, un expresidente del Gobierno, un exfiscal general del Estado y periodistas de renombre. Todos ellos, como mínimo, me doblaban la edad y vivieron esa convulsa época que fue el tardofranquismo y la transición a la democracia. Todavía en 1978, ministros y comisarios policiales continuaban ordenando asesinatos, en este caso a un exiliado político en Argelia para evitar que hablase ante la ONU.
A la hora de entrevistar a personajes de tanto peso, muchos de ellos siniestros y con una notable relevancia histórica, tuve que lidiar con mi aparente ingenuidad, la que mi edad dejaba latente, y mi falta de experiencia. Yo no viví esa época y eso no jugaba a mi favor. Tuve que estudiar mucho. La sensación que tengo de aquellos años es la continua obsesión por encontrar a los protagonistas de la historia, por entender la complicada trama y por “saber más” que a quienes iba a entrevistar.
Muchos de los protagonistas con los que hablé intentaron mentirme o engatusarme. Recuerdo, por ejemplo, llamar “mentiroso” a gritos en medio de su entrevista a José Luis Espinosa Pardo, el exagente secreto que organizó el asesinato de mi tío, un personaje oscuro que estuvo infiltrado en el FRAP y en el GRAPO. No le gustó demasiado, y en su calentura amenazó hasta con matarme. Gracias a Dios ya no era el que fue y los humos bajaron rápidamente. Al ver el documental se aprecia cómo Espinosa está completamente exaltado en su discurso y así salió a la luz su personalidad; su discurso cambió radicalmente.
La primera vez que hablé con mi tío sobre su vida fue cuando ya tenía entre ceja y ceja contar la historia de su atentado y de la trama política que giraba en torno a él. Al principio, todo lo que aquel señor me contaba sonaba a cuento chino. Los que lo conocieron recordarán ese ímpetu al contar historias y esos adornos alrededor de los hechos. La verdad es que era difícil creer lo que Antonio decía, pero con el tiempo me di cuenta de que lo difícil de creer no era su discurso, era su historia. La realidad es que yo hasta la fecha no conocía bien la historia de Cubillo y que él y yo jamás mantuvimos una relación familiar estrecha. Esto me producía la sensación constante de libertad para poder contar lo que yo quisiese y me generaba, a su vez, la necesidad de buscar y buscar para decidir por mí mismo.
Sin caer en lo blanco o negro, malo o bueno, seguí adelante, informándome en una investigación más propia de la literatura negra que de un análisis cinematográfico. Cada pista nos llevaba a un nuevo descubrimiento, a un nuevo personaje oculto. Pronto tuve encima de mí miles de tonos grises sobre los hechos, cientos de juicios de valor sobre la figura de Cubillo, del MPAIAC o del Estado español. Para aquel entonces, ya en la bandeja de entrada de mi correo electrónico aparecían mensajes del tipo: “te vamos a matar, no intentes contar la historia de ese asesino, sabemos dónde vives”.
En mi búsqueda de la historia separé casi por completo al protagonista del documental de la tenue figura familiar que era Antonio para mí. Cuando conocí en una cafetería de Madrid a la persona que lo intentó matar, dejándolo paralítico, y me describió cómo había rajado a mi tío y sus tripas caían por el suelo —“mientras se desangraba tiré el cuchillo tranquilamente y me marché”, decía—, en mi interior yo solo podía saltar de alegría al pensar que el documental ya por fin tenía al “esbirro del malo”, una figura clave para el desarrollo de la trama. Esta frivolidad viene a explicar el grado de obsesión por la búsqueda de los hechos y de los diferentes puntos de vista de todos los personajes. Tomar vinos amistosamente y hablar del Gobierno español con José Luis Espinosa, la persona que traicionó a mi tío y organizó su atentado, formaba parte de un proceso en el que los personajes no eran para mí cuestionables, solo eran historia. ¿Era un villano Espinosa? ¿Lo era el exministro Martín Villa, el responsable político del intento de asesinato de mi tío y de presuntamente tantos y tantos otros? ¿Lo era Antonio?
Después de investigar tanto la vida de los tres, creo que es imposible responder con un monosílabo a alguna de esas preguntas y no errar. La vida tiene muchas tonalidades y encasillar a alguien en un tono puro y acertar, raramente ocurre.
Hace 40 años, un militante del FRAP acuchilló a Antonio Cubillo por orden del Estado español, pero Cubillo no murió. Falleció a sus 84 años, en su casa, mientras dormía junto a su esposa y mi padre —su hermano y su médico—.
Fue después de haber estrenado el documental y en los últimos años de la vida de Cubillo cuando yo encontré por fin a mi tío Antonio y cuando el protagonista del documental pasó a un plano secundario. Antonio fue una persona llena de bondad, con un sentido del humor extraordinario y unas habilidades sociales únicas, que tuvo una vida convulsa y que apostó por un camino difícil. A veces acertaba y a veces no, pero no se rindió jamás. Tuvo mil etiquetas: héroe, revolucionario, asesino, libertador, padre de la patria, terrorista o caudillo. Hoy, cinco años después de su muerte, pienso que Antonio Cubillo fue alguien que puso sus ideales por encima de todo y encajó, con la barbilla alta, las consecuencias de ello. Antonio luchó y protestó hasta los últimos días de su vida para hacer, a su manera, un mundo mejor.